La nostalgia que sentimos por la nostalgia que sentían por el organillo

Joan Perucho, Juan Antonio Bardem, y un par más.

Fija de la peli.

Fija de la peli.

Hace 50 años, entre trajes de primera comunión y la misión universal de Colón, Joan Perucho estuvo pensando en algo que le solía pasar casi 50 años antes:

Los Organilleros

Escribí una vez sobre los pianos tocados por las señoritas lánguidas de mi juventud y de la repercusión sentimental que producían en muchos corazones. Quedan ahora en el recuerdo, flotando en una nube vaporosa y rosada, en ocasiones incluso perfumada, y siempre enternecedoramente cursi. Se me ocurre, sin embargo, que entre estos pianos y la música de hoy, existia una zona intermedia que ha caído en la sima profunda del olvido. Me refiero a los organillos, a los organillos callejeros y populares, suya música iba destinada con preferencia a un público compuesto por modistillas y aprendices del barrio.Al compás de su alborozado clamor, se abría a veces un balcón y alguien echaba unas monedas. Caían siempre como del cielo, alegremente.

El organillo era un piano de manubrio. No todo el mundo sabía tocar los pianos de manubrio imprimiéndoles alma y sentimiento. He consultado con el “Espasa” para ver de dar una definición exacta del manubrio y éste pone que es “parte de algunos instrumentos musica les que sirve para hacerlos funcionar dando vueltas a la empuñadura o mango por medio de la mano”. Esto queda perfectamente claro. Se tocaba el organillo dándole vueltas al manubrio. Ahora bien, como estos artefactos eran muy pesados y de embarazoso transporte, los organilleros los colocaban en unos carros dispuestos para que tirasen de él algún animal de carga. Como el negocio no había sido nunca cosa que permitiese el despilfarro, eran generalmente los propios organilleros los que tiraban del carro. Lo hacían, no obstante, sin guardar rencor a nadie, y porque querían. En realidad, ellos eran unos empresarios con negocio propio. Un negocio de arte.

Porque tocar el organillo no estaba al alcance de cualquiera. El organillero era ante todo un artista. La primera condición requerida para convertirse en un buen organillero, era sentir la música, sentirla de verdad. El sentimiento es algo que ha contado siempre primerísimamente en el arte, y mucho más en el arte musical, que es el del que ahora se trata. Sólo un hombre con sentimiento sabía encontrar la fuerza justa del arranque, la velocidad apropiada, la pausa, la gradación y el matiz suave. El corazón es una cosa complicada y, a veces, con un simple timbre de manubrio puede hacérsele llorar.

Había también la técnica. Con ésta se podían hacer cosas prodigiosas, aunque naturalmente con ella no se suplía la inspiración, que era lo esencial. Con la técnica era dable tocar largamente el organillo sin que dolieran mano y brazo, y se resistía risueño interminables conciertos. Se alternaban las manos en el giro del manubrio, y en un buen organillero rio se notaba jamás el pase. Habían casos de virtuosismo y, en el delirio del éxito, no era raro ver tocar el manubrio con el codo o con un dedo, mirando hacia arriba, hacia los balcones donde estaba el respetable. Al final, el organillero se pasaba un pañuelo por su rostro sudoroso.

En los buenos tiempos, los organilleros eran tipos castizos, buenos mozos y castigadores. Sonreían y guiñaban el ojo a las porteras con uña gracia especial. Vestían una chaquetilla ceñida y anudaban un pañuelo blanco en torno a su cuello. Como no se consideraba educado estar fumando mientras se daba el concierto, el organillero ponía su colilla apagada en la oreja, como si fuera un clavel. No acostumbraban a echar tacos, y eran más bien gente fina.

Cuando fue pasando de moda la música del manubrio, los organilleros hicieron desesperados esfuerzos para ponerse a “la pàge”, y muchos se buscaron un ayudante para que les acompañara tocando el bombo y los platillos del jazband. Era un espectáculo triste y desmoralizador. Recuerdo algunos que se acompañaban con una bocina de automóvil, de esas de pera de goma, cómo si aquello fuera lo más jovial del mundo, el acabóse. Vale más no recordarlo.

En los últimos tiempos, la figura ideal del organillero sufrió una transmutación. Ya no habían jóvenes que les interesara el arte del manubrio y, por lo tanto, quedaron sólo los viejos que se resistían acambiar de oficio, y esto fue la puntilla. Ver a un organillo por las calles acabó por ser la visión de un hombre derrotado y menesteroso,y encogía el ánimo la indiferencia de las gentes ante esta tragedia sin importancia. Tal vez se pensase que era cosa de mendicidad y que con ello se infringía incluso algún precepto municipal. Ni aprendices ni modistillas salieron ya a los portales. Tampoco so abrió ya ningúnbalcón.

Ahora han desaparecido definitivamente los organillos. Pero tal vez sea posible oírlos en un disco de esos pequeños, de cuarenta y cinco revoluciones por minuto.

En 1964 también hicieron Juan Antonio Bardem con Melina Mercouri, James Mason y Hardy Kruger una película romántica y malita, à la Dryden:

The prince, unable to conceal his pain,
Gazed on the fair
Who caused his care,
And sigh’d and look’d, sigh’d and look’d,
Sigh’d and look’d, and sigh’d again

Pero tiene mucho color local (Cadaqués y un cameo barriochinero) y se llama Los pianos mecánicos/Les pianos mécaniques (o a veces Los organillos o Los organilleros: explicar la diferencia entre por ejemplo un cordáfono y un aerófono sería desabuso sentimental):

Y luego tienes Katyna Ranieri con su Vecchia pianola, y no sé cuantos más.

Mi mono me dice que la principal desventaja de otra guerra civil catalana sería la irrupción en el mercado de veteranos sin piernas pero con organillos estatales, como pasó en México después de ya no se acuerda cual matanza vecinal. Mantiene que la nostalgia es una cosa, y el deseo de montar un parque temático de los desastres del pasado es otra, pero es un mono y nada más y por lo tanto tonto.

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