- Los cuentos de Eva funcionan muy bien, tanto en español como en inglés. Su vestido fue buena idea, él mío no tanto: mi disfraz estándar será traje/frac con peluqaza Javier Bardem en No es país para viejos. Ahora tengo que vender el concepto a escuelas – he tenido contacto con cuatro, y me gustaría hacer 3/4 este otoño.
- Cada día entiendo más del proyecto artístico y la prosodia de Juan Antonio Canta. A los borrachos les encanta el “Es mi pena mas larga que la barba de Jesu Cristo” en Copla del viudo del submarino, pero su misoginia violenta, quizá explicable en términos artísticos, queda muy problemática.
Se perdona a Mahoma, entre muchos más, quien, según Feijoo,
en aquel mal plantado paraíso, que destinó para sus secuaces, les negó la entrada a las mujeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la gloria, que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que sería muy buena dicha de las casadas, ver en aquella bienaventuranza, compuesta toda de torpezas, a sus maridos en los brazos de otras consortes, que para este efecto fingió fabricadas de nuevo aquel grande Artífice de Quimeras.
Pero sigue condenado el gran Enrique Jardiel Poncela, quien, teniendo en cuenta la totalidad de su producción, despreciaba tanto a las mujeres como a los hombres, amando no obstante también a las primeras. (Sufre además doblemente por su huida del sindicato histriónico de la CNT.)
Y temo que habrá que esperar mucho tiempo con el “Si no tengo más que esta camisa / y muchas ganas de darte una paliza” de Te quiero de Canta, o al menos hacerle una fraudulenta substitución.
- Los borrachos también están a favor de La Gallina Papanatas, a pesar de que la aceleración al final les causa algunos problemas de equilibrio.
- Mozuela de Carasa del Cancionero de Barbieri se llama ahora Mozuela de Terrassa, que es pueblo más conocido.
- He tenido conversaciones con varios potenciales monos profesionales, pero el otro día trabajé con dos candidatos aficionados y jóvenes: uno tendía el sombrero, y el otro gritaba “¡Dinero!”, estilo Serrallonga, que funcionaba bastante bien.
- He empezado a cantar el tema principal de La strada de Fellini / Rota, que, sorprendentemente, se trata de la naturaleza: la primera línea es clara, “Tu che amas bonsai”, y la segunda suena algo como “Tu che amas gli avvoltoi” (buitres).
- He hablado con varios proveedores de bordados y espero tener algo listo en septiembre.
- Las plazas públicas tienden a ser ocupadas por pequeños grupos que parecen ser o cristianos (“Tú has sido malo, somos el camino al paraíso”, camisas colores de pastel, mucho sonreír, buenos oradores, moderadamente amplificados) o comunistas (“Todos los demás han sido malos, somos el camino al paraíso”, camisas negras, mucho fruncir, malos oradores, amplificación suficiente para llenar el Camp Nou). Opino que los dos movimientos padecen un problema ya identificado por Jardiel Poncela en su prólogo a la brillante farsa, Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936):
En general, para la opinión pública-en la cual el crítico suele estar, por desgracia, incluido-no hay primer acto cómico, por inferior que sea, que no parezca superior a los siguientes; ni hay tercer acto cómico, por superior que sea, que no parezca inferior a los anteriores. Este curioso fenómeno, que hace tiempo que tenía ganas de abordar por escrito, obedece a causas que creo ser el primero en someter a análisis. Todo público se halla compuesto de gentes de diversa educación, diversa cultura y diverso carácter, salud, edad, posición económica, situación espiritual, etc., reducidas -por el hecho circunstancial de constituir una masa-a un común denominador. Antes de comenzar un espectáculo cómico, y durante el desarrollo del primer acto, todo contribuye a que ese público se muestre alegre, optimista y en la mejor disposición de ánimo para juzgar excelente lo que está viendo y escuchando: la sala rebosa oxígeno puro; el espectáculo comienza y es una promesa risueña; los organismos se hallan descansados y se retrepan cómodamente en las butacas; el planteamiento de la comedia se compone de sorpresas y de incógnitas intrigantes, que atan y excitan la atención. Poco esfuerzo tiene que hacer el autor para entretener, interesar y divertir a un auditorio tan favorablemente dispuesto. Durante el segundo acto la cosa ha variado ya: en la sala, mezclado con el oxígeno, hay un crecido tanto por ciento de ácido carbónico; el espectáculo está mediado, y va dejando de ser una sorpresa; los organismos empiezan a sentirse fatigados de reír, y, a fuerza de removerse en ellas, las butacas no resultan ya tan cómodas; las sorpresas y las incógnitas de la obra, en fin, se despejan sucesivamente, con lo que el interés de lo desconocido empieza, por ley fatal, a decaer. Pero en el tercer acto las condiciones adversas han llegado al límite: en la sala, el exceso de ácido carbónico produce una pesantez en todos los cerebros; la risa ha fatigado ya los organismos con su violenta excitación nerviosa, y las butacas, al cabo de dos horas y media de uso, empiezan a considerarse como un mueble mal calculado; el desenlace próximo va reduciendo al mínimo las incógnitas y sorpresas de la obra; el momento de que el espectáculo concluya es inminente: cada espectador piensa, de cuando en cuando y con disgusto, en que ha de irse a la calle y a casa a enfrentarse de nuevo con las realidades ásperas de la existencia, y al otro día volver al trabajo, y tal vez resolver un problema económico importante, y, automáticamente, la suma subconsciente de todas esas circunstancias desagradables se le carga en su cuenta al autor. Así, cuando el telón baja definitivamente-momento de suprema acidez para el público hiperestesiado de una obra cómica-, es frecuente oír al espectador, que desfila casi siempre malhumorado:
– El último acto es peor que los otros…
Y también:
– Ya en el segundo baja mucho la comedia…
Y, por último, recordando como un pasado dichoso los momentos felices que vivió en su primera hora de estancia en el teatro:
– El acto que es bueno de veras es el primero…
Pero si el tercer acto, que le ha parecido malo, lo hubiera escuchado al principio, se le habría antojado primoroso. Y viceversa. De todo esto se desprenden tres aforismos axiomáticos, que el crítico y la persona de buen sentido debían tener presentes constantemente al juzgar una obra cómica; a saber:
Ningún primer acto es tan bueno como parece.
Un segundo acto que no desdice del primero es siempre superior a él.
Si un tercer acto se sostiene al nivel de los anteriores, es magnífico, y si los supera, es extraordinario.Cervantes lo dijo más corto y mejor: “Nunca segundas partes fueron buenas.”
Unidos los milenaristas, les podría proporcionar música más apta para sus objetivos. Y, después de la versión de Tristan und Isolde de Wagner que tengo pensada, me gustaría filmar con ellos El Organillero de Hamelín.
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