Capnolagnia and liberty in Russia

I don’t think author and diplomat Juan Valera (“Good should always be in fashion”) will mind me revealing his smoking fetish, now he’s been dead 100 years. Here‘s a quick tranny of an 1850 letter from Russia:

On May 8th, Russian style, I left Saint Petersburg for Moscow on the noon train, accompanied by a German-speaking Russian servant called Lavión. I didn’t have any cigarettes with me because I assumed that, since there’s no smoking on city streets, smoking in train carriages (with the heightened risk of fire) would be frowned on even more. So I was greatly surprised to find a carriage set apart for smokers, which I entered instinctively or because the Russian soldier saw clearly in my face that I needed to smoke and made me get into the carriage, in which every living being was smoking, including, it seemed, no few ladies.

A woman smoking awakens in my soul (or in my body, if you prefer) sinful feelings. I don’t know why, but I imagine that one so sensible to such a vaporous pleasure that he cannot be deprived of it even in public must in private be more so to other more serious pleasures, if pleasure can be taken at all seriously in this vale of tears we inhabit. On the other hand, a woman smoker when smoking acquires a certain air, both provocative and militant, so that it seems that with the whistle in her mouth she sounds the alarm and calls for war. And then in the lip movements and pressure used to hold this whistle there is I know not what voluptuous enchantment, revealing a nervous and convulsive kiss. All of which leads me to I repeat that, if the smoker is neither very old nor very ugly, my blood ignites somewhat. However, on this occasion I was so distracted and absorbed by certain almost mystical and platonic amours left behind in Petersburg that I didn’t consider or notice as I should have the smokers’ beauty, although I did notice that two or three of them were far from ugly.

[…]

On the Petersburg to Moscow train you can pass from one carriage to another, and not a few came to ours, attracted by the freedom and freedom of choice created by being able to smoke in it, which was inscribed in golden capitals on the carriage door as follows: dlia kurenie[,] para fumatura or smoking, so that we could say it in both ways and thus enrich our language. I heard it said there that this freedom had been granted by the current emperor, Alexander II, and for this reason marvellous things were said about him, all predicting that this freedom was the start of, or let us say the prelude to, other more substantial liberties, and that in the wake of the freedom to smoke would come who knows how many more, and in particular the freedom of the press, of which those gentlemen seemed so desirous that I understood that freedom of thought and speech had already been won, but that it was not as obvious, not being written in letters of gold.

The conversation then proceeds (in French, of course) to the utility of Western civilisation for the Russian masses, and I understand the debate is still on.

Smoking will be banned here from January 1, except where it isn’t. I do hope there’s an escape clause for kinkos.

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Original

El 8 de mayo, según el estilo ruso, salí de San Petersburgo para Moscú, en el tren del ferrocarril que parte a mediodía. Vino conmigo un criado ruso llamado Lavión, el cual hablaba alemán. No llevaba yo cigarros conmigo, porque imaginaba que, pues aquí no se fuma en las calles de las ciudades, menos debía fumarse en vagón, donde esta operación es más ocasionada a un incendio. Mucho me sorprendió ver que había vagón para los fumadores donde entré por instinto, o porque el soldado ruso conoció, sin duda, en mi cara que yo debía de fumar, y me hizo entrar en dicho vagón, donde hallé fumando a todo bicho viviente y a no pocas, al parecer, damas. Una mujer fumando despierta en mi alma, o si se quiere en mi cuerpo, sentimientos pecaminosos. No sé por qué; mas ello es que imagino que pues tan sensible a un placer tan vaporoso, que ni en público puede privarse de él, debe de serlo más en secreto a otros más serios placeres, si es que placer alguno puede tenerse por cosa seria en este valle de lágrimas que habitamos. Por otra parte, la mujer fumadora toma, al fumar, cierto aire provocativo y belicoso, y no parece sino que con el pito que tiene en la boca toca a rebato y pide guerra. Y luego, en el movimiento y presión de los labios para sujetar dicho pito, hay yo no sé qué encanto voluptuoso, y se transluce el beso nervioso y convulsivo. Por todo lo cual repito que, no siendo la fumadora ni muy vieja ni muy fea, me enciende algo la sangre. Mas en esta ocasión estaba yo tan distraído y ensimismado con ciertos amores casi místicos y platónicos que he dejado en Petersburgo, que no paré mientes ni reparé como debiera en el primor de las fumadoras, aunque bien noté que dos o tres de ellas distaban mucho de ser feas.

Llevaba yo conmigo un libro para entretenerme leyendo durante el viaje, imaginando que poco habría que ver del paisaje por donde pasábamos y nadie conocido con quien yo hablase. Mas también en esto me engañé, y la primera persona que vi a mi lado, con su semiuniforme y su cruz de Santa Ana al cuello, como si se tratase de ir a presentarse al ministro, fue al señor Sovolchicov, bibliotecario de la Imperial de San Petersburgo y arquitecto también. Éste viajaba por orden del Gobierno, e iba a Tula, donde está la fábrica de fusiles, a ver no sé qué edificios. Al punto nos reconocimos y trabamos conversación, y por su medio me puse en contacto con cuantos allí había o allí acudían. En el camino de hierro, de Petersburgo a Moscú se pasa de un vagón a otro, y no pocos venían a éste atraídos por la libertad y franquicia que para fumar en él se daba, la cual, en letras mayúsculas y de oro, estaba inscrita a la puerta del vagón de esta manera: dlia kurenie para fumatura o fumación, que de ambos modos podemos decirlo y enriquecernos nuestra lengua. Allí oí decir que esta libertad había sido dada por el actual emperador Alejandro II, y de él, por ende, se hicieron maravillosos encomios, augurando todos que aquella libertad era el comienzo, o dígase preludio, de otras más sustanciales, y que en pos de la de fumar vendrían quién sabe cuántas otras, y muy singularmente la de imprenta, de que aquellos señores se mostraban tan a las claras tan deseosos, que me di a entender que la de pensar y hablar la tenían ya conquistada, y que no se percataban de ello porque no se la habían escrito en letras de oro, como la de fumar.

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